​Era temprano cuando, esa​ mañana, decidió despertar. Debió ser el repentino ventarrón frío que entumeció sus orejas y pies, lo que logró sacarla de la profundidad del sueño en que se hallaba. El aire arrastraba un marcado y extraño sabor a cemento al respirarlo.

Estaba aún medio aturdida por el cansancio y ahora no sólo era el viento, sino también las primeras luces del sol, quienes le marcaban la hora de levantarse.
Se sentó en su cama, con los pies colgando del borde del colchón y con los ojos aún cerrados intentó calzar sus cholas.

​Pero no había nada.

Las paredes, los cuadros, la peinadora, el clóset y el techo se habían desvanecido​ mientras dormía. La imagen de la Virgen de La Pastora que tenía sobre su mesa de noche se perdía en la distancia que separaba su décimo piso de la calle. A su alrededor sólo se veía la bruma de todo lo que había ocurrido mientras dormía.

Aún siendo temprano, era tarde.

Entredormida intentó agacharse para buscar sus cholas y sólo consiguió caer al vacío. Y frente a sus ojos, ahora si abiertos, pasaba una película vívida en los segundos que separaban su cuerpo del colapso.

-​ Diciembre 2015-​

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